Mostrando entradas con la etiqueta Análisis. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Análisis. Mostrar todas las entradas

Aztech, calidoscopio de ciencia ficción


Por: Juan José González Mejía 

Hace una semana se ha estrenado Aztech en Xalapa y hay que decir que la película se anuncia con una obra de ciencia-ficción a la mexicana. El cine mexicano tiene una tradición de historias donde la fantasía, la sci fi y la mitología prehispánica han sido un caldo de cultivo para seguidores de tales obras rayanas en el culto y el ghetto declarado de la cinefilia. Aztech/ México- 2020 es un filme colectivo conformado por nueve ficciones, donde se expande la mirada en apariencia ecléctica de diez cineastas apasionados no por el cine de género sino, precisamente, por la cinefilia del género. Es decir, tanto El camino (un evento trágico en una nave interestelar), de Fernando Campos y Jaime Jasso, como Los solitarios, de Rodrigo Ordóñez, son antípodas discursivas visuales: del hálito del cine espacial al planteamiento del realismo mágico (el misterio emanado de un pedazo de meteoro en la vida de un anciano y su sobrina). 

 


Aztech es un filme coral, orquestado sobre hilos conductores: fragmentos de material extraterrestre para darle rienda suelta a fábulas de horror (los zombies teen derretidos cual nieve en el parque en Dulce muerte, de Gigi Saul Guerrero, de mitos entonados bajo la batuta del humor negro como en Ulises, de Jorge Malpica, quizá el segmento más logrado del filme, donde un viejo pescador (guiño frontal a Homero y Hemingway) no se sujeta al canon del encuentro romántico con una sirena capturada, al igual que El sexto sol, de Alejandro Molina, una especie de cine dentro del cine pues un director veterano le explica a su joven actriz que fue invitado a hacer un corto y “como son varios directores luego las historias se van a juntar en una antología; nos dieron unos lineamientos, primero, deben representar a la cultura de México, y segundo que caerán unos satélites y van a destruir la Tierra”, justo el espíritu del proyecto de Aztech que no se queda en el homenaje o repaso a los géneros trazados sino que le da espacio a situaciones imbricadas en una textura de introspección a la Bergman incluso, como la de la joven sometida amorosamente a un extraño rayo que le da título el segmento (Atl, de J. Xavier Velasco), o extremas coma Cárcel de dioses, de Ulises Guzmán, donde lo prehispánico se baña con un híbrido de subgéneros para darle espectacularidad a la mitología. 

 

Filme indispensable para entender que el cine mexicano sigue gozando de buena salud, Aztech es una grata sorpresa dentro de la cartelera de fin del año…

Tenemos que hablar del cine de arte

Por Víctor Benítez


El cine de arte llega, a veces, de manera anacrónica a los espectadores que podrían disfrutarlo de manera amateur. Las películas que han marcado generaciones, son y serán, las piezas que se inmortalizan como un punto de partida. La selección de autores como Felinni, Copola, Scorsese, se vuelven una guía que nos permite un seguimiento para generar juicios actuales sobre las nuevas tendencias del cine cargado de elementos meramente artísticos.



De manera anacrónica, vi We need to talk about Kevin (2011), una película de Lynne Ramsay que maneja la historia de un joven homicida aparentemente trastornado que sufre una clase de simbiosis con su madre pero todo desde una perspectiva que se contrapuntea entre la visión opuesta entre padre y madre. Un filme de suspenso y drama basada en la novela de Lionel Shriver que toma importancia por su construcción cinematográfica.
Eva Khatchadourian, la madre de Kevin es interpretada por Tilda Swinton. Habrá que decir que a esta actriz se le conoce bien por interpretar papeles que profundicen en la psicología de sus personajes, quizás, El Ladrón de las Orquídeas (2002) especifique de lo que hablo. Eva podría ser realmente el personaje principal de la cinta pero se ve desplazada por el atiborramiento de conductas impresionantes por parte de Kevin.
Sería atrevido definir el sentido cognitivo que representa la voluntad de Eva desde la primera escena, donde por ninguna razón aparente, se ve llevada por el azar entre los brazos de la multitud dentro de una tomatina. Mostrando la tranquilidad, libertad y soledad que su cuerpo expresa. Aunque por otra parte, el tomate y el color rojo en general, es un leifmotive que nos puede estar aclarando la violencia y el drama al que quiere trascender nuestra película. Como en alguna otra película que busca dejar en claro la creatividad de los artistas, escritores y guionistas, Eva además de ser madre también es escritora.
La veremos confundiéndonos entre un pasado y un presente, dando pautas y demostrando su sensibilidad para con Kevin y el trabajo constante para mantener su relación con Franklin (John C. Reilly), su marido.
Desde el principio, como de manera genética, Kevin delimita un rechazo y apatía con su madre. Se halla inmerso un discurso sobre la coexistencia, el amor y la costumbre. En el que se pierde a veces la idea de distinguir su peso ante los sentimientos.
La historia se vuelve lineal y necesariamente se quiebra para construir el móvil del homicida, Kevin (Ezra Miller). Que a su vez, va repasando diferentes etapas retándose a sí mismo y a su inteligencia con capacidad de persuasión.
El propósito de una película de esta talla, que engloba esencias fuertes para la cosmovisión de un asesino, pero además para la visión de la madre de éste y las consecuencias para su vida futura cargando la ausencia de la normalidad, es logrado desde que podemos recorrer los diferentes momentos dando juicio propio hacia si es justo o no lo que vemos. 
Aunque desde el principio sepamos que la línea de la película es desarrollar paulativamente la morfología de una relación entre madre e hijo. Se vuelve especial por la reflexión que hace la actuación, fotografía y el argumento en conjunto, es decir, se logra perfectamente la creación de marcos que sirven como parámetro para valorar este rodaje. Una pieza que vale la pena llamar cine de arte. 


Macario / la corrección académica de Gavaldón



54 Muestra Internacional de Cine en Xalapa
Por Juan José González Mejía

Como ya es costumbre, la Muestra Internacional de Cine en cada nueva edición abre con un filme de catadura “clásico”: Macario/ 1959, lo que sirve a las nuevas generaciones de cinéfilos conocer el trabajo de los que antecedieron a los cineastas contemporáneos para nutrirse, estéticamente, de dichas propuestas para hacer una obra personal, propia.
 
Además, es un buen pretexto para ver películas que hemos refriteado en DVD o en la red pero nunca en pantalla grande. De hecho, es un acto de exorcismo fílmico disfrutar, en cuadro grande, al gran Ignacio López Tarso o a la perenne Pina Pellicer.

Macario, al igual que La barraca/ 1944, son dos ínfulas proto estéticas de Roberto Gavaldón cuya fama de ogro como director fue inherente con el rigor académico de buena parte de su obra. 

Si a fuerza de etiquetar el estilo de Gavaldón se trata, cabría el de provocador atmosférico. Me explico. En La otra/ 1946, Rosauro Castro/ 1950 La noche avanza/ 1951, El rebozo de soledad/ 1952 y aun Días de otoño/ 1962, Gavaldón (tildado de frío, distante y sin escudriñamiento sicológico en sus personajes) establece una ecuación de formalismo con el encuadre, la linealidad narrativa y la contemplación explícita del paisaje con un tono, si se me permite, de preciosismo (en especial en los filmes fotografiado por Gabriel Figueroa) para instaurar una atmósfera visual singular, no advertida en otro director de la época.

Macario es cine mexicano por los cuatro costados, y es fábula (de los hermanos Grimm y Traven), Goya estilizado en la mirada de Figueroa, aporte notable en la estructura del guión del veracruzano Emilio Carballido y metáfora de las realidades sociales de nuestro país (con una vigencia notable ahora que se habla de una campaña contra el hambre), pese a que la trama está ubicada en el México virreinal.

Macario/ López Tarso sólo desea comerse él solo un guajolote, pero la runfla de hijos no se lo permite. Su mujer/ Pellicer roba un plumífero de la casa de donde lava ropa y se lo cocina a Macario para que se vaya al bosque y sacie su atrasada hambre. 

El desfile mitológico de Dios, la muerte y el diablo sueltan la ringlera metafísica de la cinta que, empero, Gavaldón, logra sortear aceptablemente (con las consabidas edulcoraciones de nuestro inmanente “cine nacional”).

También es chance de volver a apreciar a uno de los actores más efectivos del cine mexicano y que yace injustamente en las aguas del olvido: Enrique Lucero en el rol de la muerte (a la Indio Fernández pero sin los excesos manieristas del autor de María Candelaria).

Postulada al Óscar por Mejor Película Extranjera en 1960, Macarioes forma (o debería formar) parte del patrimonio cultural de este país. Su paso constante por la tv, sobre todo en días de Muertos, la han convertido en una de las preferidas del público de todas las edades…

Barfly, de Barbet Schroeder



Por Juan José González Mejía
 
Bajo la tutela de Francis Ford Coppola, Barbet Schroeder realiza en 1987 este filme cuya pepita de oro es un guion de Charles Bukowski, el cual extrapola algunos tintes autobiográficos de este escritor “maldito” a través de su alter ego Henry Chinaski.

            Con sorpresiva mirada y conocedor de la obra de Bukowski, Schroeder penetra con punzantes y honestos diálogos en la vida de Chinaski/ Mickey Rourke, un paria alcohólico cuyo itinerario es malgastarse de bar en bar, en medio de peleas, dádivas de tragos y relaciones con perdedores de su nivel.
            A diferencia de Ordinaria locura/ Italia- 1981, de Marco Ferreri que aborda también la vida de Bukowski, Barfly (titulada en México como El borracho) no destila la pedantería literaria con recitaciones directas sobre textos del autor de Erecciones, eyaculaciones y exhibiciones sino que desahoga eficazmente el guion, en parte debido a las aceptables actuaciones de Rourke y Faye Dunaway en roles de borrachos extraviados en un vacío  que los lleva al encuentro (in) existencial.

            Si bien algunas líneas son seductoramente literarias (“se necesita un talento especial para ser un borracho, se necesita resistencia; a resistencia es más importante que la verdad”) es en los entrecruces de situaciones asfixiantes (el departamento de Dunaway, el bar Golden Horn, la mansión de la joven editora, el nauseabundo cuarto de Chinaski) donde el filme responde a las expectativas ontológicas.

            Barfly compitió en 1988 por la Palma de Oro en el festival de Cannes…

Estreno en DVD


También la lluvia/ España- 2011, de Icíar Bollaín. Lo llamativo (y a la larga eficaz) de este filme es el bien urdido guion del escocés Paul Laverty, asiduo de Ken Loach quien le otorga a la historia de Bollaín un cariz social y de denuncia para nada pesado e ideológico.

            El equipo de producción de un filme sobre Cristóbal Colón, en Cochabamba, Bolivia, pronto se verá sorprendido por las manifestaciones de la llamada (que fue real) Guerra del Agua en dicho pueblo, ante las intenciones privatizadoras del vital líquido por parte del gobierno.

            Así, Costa/ Luis Tosar y Sebastián/ Gael García Bernal se verán rebasados en su apatía inicial por los sucesos que involucran a un actor nativo en las protestas sociales.

            La directora Bollaín enlaza con solvencia las tres historias a contar: la de la película que van a rodar (la de los colonizadores españoles hace 500 años), la del crew de filmación y la de los participantes en las revueltas de la Guerra del Agua.

            Con una lograda puesta en escena plagada de cientos de extras y de recreaciones digitales de estallidos, También la lluvia es un cine que apunta sobre la dialéctica de los hechos históricos, comparándolos para dar una lectura acaso desesperanzadora.

            Barfly y También la lluvia están disponibles en DVD en Zafra Cineteca, en su nuevo domicilio en calle Mata 46, en el centro de Xalapa…

El imaginario mundo del doctor Parnassus

Por: Juan José González Mejía

Terry Gilliam echa en el mismo saco a Wiene, Goethe, Raspe y Aronosfsky en El imaginario mundo del doctor Parnassus/ EUA- 2009, para aglutinar una fábula semi épica fantasmagórica anti Lewis Carroll para convertirse, literalmente, en un moderno Mélies y desenfundar una historia que parecería destinada, a media filmación, al arca del desastre por la muerte repentina de su actor central Heath Ledger.

Pero el viaje onírico nigromante que emprende Gilliam a través del doctor Parnassus (Christopher Plummer) se concatena con la presencia suplantada por Ledger vía manipulación digital de Johnny Depp, Jud Law y Coli Farrell para extrapolar el prurito incandescente de la alegoría mefistofélica: el viaje irreal haudinesco del doctor Parnassus mediante espejos e invocaciones vía acuerdos con el diablo (Tom Waits) en pos de la búsqueda del Dorado subjetivo por antonomasia del hombre literario: la inmortalidad y la eterna juventud.

Parnassus, híbrido entre un embaucador Barnum y un trasnochado Merlín londinense, apoyado por un extraño aprendiz (Ledger), esboza sus engaños ante los ávidos espectadores (comparables con los que veían al mago Eisenheim en El ilusionista/ EUA- 2006, de Neil Burger) para envolverlos en trucos metafísicos y teatrales para transportarlos al vaho del título del filme.

Las visitaciones del diablo al doctor Parnassus para estipular su alianza intemporal vía módico pago del alma de su hija Valentina (Lily Cole) al cumplir ésta los 16 años, acaso ofrecen un agradecible intento de robustecer narrativamente un guión que, a priori naufraga entre dos pecios: la desaparición física de Ledger y su apuesta pasmosa por su permanencia en todo el filme pese a los esfuerzos insuficientes de Depp y Law por hacer sucinto sus incorporaciones histriónicas.

Terry Gilliam puede decirse que es un Tim Burton no entre sombras y mundos neo barrocos oscuros, sino más bien un viajero de submundos con muchas luces que no encandilan: ofrecen hermenéuticas parafílmicas y literarias suculentas (Doce Monos, Tideland, en especial)...

El Brazo Fuerte de Giovanni Korporaal

Por Juan José González Mejía

Nuestro cine tiene en su padrón películas que, bien puede decirse, son del dominio público: Nosotros los pobres/ 1947, Ahí está el detalle/ 1940, El rey del barrio/ 1948. Sin embargo, existen otros filmes poco vistos, raros o casi desconocidos como El diablo y la calentura, de Ariel Zúñiga, La montaña sagrada, de Alejandro Jodorowski, Panfucio santo, de Rafael Corkidi, El despojo, de Antonio Reynoso y El brazo fuerte, de Giovanni Corporal.

El director holandés Giovanni Korporaal fue un caso excepcional dentro del cine mexicano. Nacido en Viena, Italia, en 1932 de padres holandeses -muerto en febrero de 2004-, Korporaal fue documentalista en Alemania, España y Holanda, amén de una incursión actoral en Ladrón de bicicletas/1947, la célebre película de Vittorio De Sica.

En México realizó mayormente documentales y tres largometrajes: El brazo fuerte/1958, El diabólico/1976 y Piedras/1979.

Basándose en un cuento del escritor veracruzano Juan de la Cabada, Giovanni Korporaal filmó El brazo fuerte, una deliciosa sátira política acerca de un cacique en uno de los tantos pueblos de la provincia mexicana.

La historia que se narra es la del ingeniero Torres, quien es comisionado desde el centro (DF) al pueblo de Piritidito para supervisar los trabajos de la construcción de una carretera.

Ante las animadversiones recibidas por la gente del lugar, el ingeniero decide irse. Sin embargo, una carta que recibe directamente de la oficina del Presidente de la República, cambia su destino.

Los principales del pueblo (el alcalde, el cacique de la tienda llamada El Brazo Fuerte y los líderes locales del partido) y los moradores en general, creen que el ingeniero es alguien importante puesto que se cartea personalmente con el presidente.

Pronto las actitudes de todos cambian para con el ingeniero. El cacique de El Brazo Fuerte ahora sí permite –y hasta estimula- la relación del ingeniero con su única hija, con la que se casa en un bodorrio al cual asiste todo el pueblo.

El ingeniero logra que el alcalde apruebe dineros para la terminación de la carretera. Así, empieza el ingeniero a extender sus redes de poder con el poder político. Le ofrecen la candidatura para alcalde, cosa que desvía hacia un títere de él.

Al paso de los años y ya con siete hijos (y otros más regados por ahí, al estilo de Cruz Treviño Martínez de la Garza, el personaje de la Oveja negra/ 1949), el ingeniero se le ve firme en su puesto de cacique. Se dice, en unas coplas anónimas, que ha mandado matar gente y ha financiado candidatos de su parecer.

En un mitin político de un aspirante opositor, el ingeniero sube al entarimado a refutarlo y ¡zas! cae y se mata. Los serviles a él y la viuda deciden abrir, ante notario público, el escritorio del ingeniero. Para sorpresa de los presentes, se encuentran con la famosa carta que le mandó el presidente años atrás. Resulta que en ella viene escrito el fulminante cese del ingeniero por tranza e incompetente.

El brazo fuerte tuvo que esperar hasta 1974 para su estreno ya que la censura la vio como una ofensa al sistema político. Vista a la distancia, la película de Giovanni Korporaal funciona más como una mirada estética al entorno rural que como una frontal denuncia social. Si bien la sátira es elocuente y sólo faltó el nombre del entonces partido oficial, la verdadera valía del film radica en ese verismo -muy al estilo del neorrealismo italiano- que le imprimió Korporaal a su narración, utilizando para el efecto a actores no profesionales…

El don Juan crepuscular de Jim Jarmusch

Por Juan José González Mejía

Rabiosamente anclado como cineasta independiente, Jim Jarmusch/ Ohio, EUA-1953 es una de las referencias obligadas para cualquier cinéfilo en ciernes en los últimos treinta años. Poseedor de un estilo visual impar, apoyado en cuatro columnas: (1) historias con personajes solitarios, (2) guiones que exploran al ser humano no desde sus carencias (cosa extraña para un artista) sino desde contradicciones y excesos, (3) manejo obsesivo de “tiempos muertos”, y (4) fraternidad entre personas de diferentes razas, culturas y religiones.

El cine de Jim Jarmusch ha sido insertado dentro de la nueva tradición minimalista de estética experimental estadounidense por sus burilados planos secuencias largos, reposados (cuando en realidad pueden verse más bien como el escudriñamiento y la instalación de atmósferas para contextualizar al personaje y sus estados de ánimo).



Algo que llama la atención de Jim Jarmusch es la cuidada selección que hace de la banda sonora y de las canciones que acompañan a sus filmes. Así, Jarmusch ha incluido en sus cintas temas de John Lurie, Tom Waits, Iggy Pop y el legendario Mulatu Astatke, cuyo aporte del “ethio-jazz" (jazz etíope) es celebrado en el mundo de la música contemporánea.

Y, precisamente, usando la música de Mulatu Astatke, Jim Jarmusch construye Flores rotas (Broken Flowers)/ EUA-2005, filme cargado de inteligencia y un humor reposado, agridulce.

El retirado Casanova Don Johnston (Bill Murray) es abandonado por Sherry (July Delpy), su última amante por lo que su soledad se ahonda de manera profusa. Sin embargo, una carta anónima de una mujer que tuvo amoríos con él hace veinte años le relata que tuvieron un hijo y que éste ha decido irlo a buscar.

Don le comunica su situación a su vecino y amigo Winston (Jeffrey Wright), quien, casado y con cinco hijos (amén de tener tres empleos), posee aptitudes de detective.
Winston le pide a su amigo Don que le detalle en una lista sobre sus antiguas amantes para dilucidar quién sería la madre de su hijo. A regañadientes Don lo hace. Winston investiga por internet nombres, domicilios de las cinco mujeres que anotó Don en la lista; sólo una ha muerto.

Winston convence a Don que debe viajar a visitar dichas mujeres para saber la verdad de su paternidad. Don accede sin mucho convencimiento. Primero llega a casa de Laura (Sharon Stone), quien es viuda y tiene una sensual hija llamada Lolita (buen homenaje a Nabokov).
Al llegar Don con Dora (Frances Conroy) y ver que está casada y dedicada al próspero negocio de los bienes raíces, el otrora Casanova advertirá que el pasado pone a cada quien en su lugar.
Cuando acude al domicilio de Carmen (Jessica Lange), Don sopesará que las mujeres que han estado en su vida ya no lo están más, ya son otras, sobre todo Carmen quien ahora vive un romance con su recepcionista (Chloë Sevigny).

Desencantado, Don está a punto de regresar a su casa. Sólo le falta por visitar a Penny (Tilda Swinton), darketa y la única que le espeta en la cara su visita.
Jarmusch demuestra que el empleo efectivo de un actor cómico (Murray) en un melodrama es a veces más redituable –en términos estéticos- que lo contrario: un actor serio en comedia.
Si Sofía Coppola había descubierto a un Bill Murray lacónico, sopesado, introvertido en Perdidos en Tokio/ 2003, Jarmusch lo lleva a niveles de histrionismo realmente interesantes.
Flores rotas es un filme entrañable, emotivo, nostálgico en gran parte por la eficacia actoral de Murray. Don Johnston es un cincuentón –exitoso empresario de las computadoras- que vive solo, pasando el tiempo frente a su televisor. La amable compañía de Winston, su esposa y sus hijos, hacen algo llevadera la vida monótona de Don.

La ambigüedad geográfica del guión y el final del mismo, le otorgan a Flores rotas una pepita de oro que el espectador tiene qué encontrar: ¿quién es el hijo de Don: el joven al que invitó de almorzar o al que ve en el auto que se aleja/aproxima a mitad de la calle?)
Flores Rotas se encuentra disponible en DVD…

El divo de Paolo Sorrentino

El divo por Juan José González Mejía

Aquel epíteto conocido en la política mexicana acuñado recientemente como “innombrable”, en El divo/ Italia-Francia-2008, de Paolo Sorrentino, cobra vigencia ante la figura del senador italiano vitalicio y ex primer ministro en múltiples ocasiones Giulio Andreotti, aquí interpretado por Toni Servillo.

Al ver El divo me pregunto ¿qué suerte hubiera corrido El padrino III si la hubiese dirigido Sorrentino? Lo digo en el sentido de que al filme de Sorrentino le da un plus valioso el hecho de utilizar nombres verdaderos de los involucrados en este thriller heredero del mejor Francesco Rosi.

Con un estupendo caracterizado Toni Servillo (nominación al Oscar por Mejor Maquillaje), la historia del “divino Giulio” Andreotti cobra un impulso interesante bajo la mano de Paolo Sorrentino (director sin nada importante hasta antes de este filme) por una razón evidente: hace una caricatura cruel del político más cuestionable de la Italia contemporánea.







Si bien la utilización de la fotografía, del prestigioso Luca Bigazzi, a ratos con claro oscuros para enfatizar la moral de los personajes, es el tono anti biopic que Sorrentino le imprime al filme lo que a la larga resulta efectivo. Es decir, la sensación de que estamos ante un personaje inteligentemente ambiguo, que lo mismo salió librado del juicio por sus nexos con la Cosa Nostra que por los hilos del poder que se dice movió durante el tiempo que sustentó el poder.

Sorrentino, con clara inspiración en el cine de Coppola, Elio Petri y el Michele Placido de Romance criminal/ 2005, pero también abusando del efectismo en las secuencias de ejecuciones, apuntala con solvencia narrativa el cinismo, la maquiavélica relación de Andreotti (líder del desaparecido partido Demócrata Cristiano) con los poderes fácticos y, sobre todo, la sensación de que estamos ante un padrino en el sentido peyorativo de la acepción, y ante una réplica de Ricardo III, de William Shakespeare.

Más que un retrato de Andreotti, El divo es el repaso crítico de una época: de los setenta (el asesinato del primer ministro Aldo Moro del cual Andreotti ha sido cuestionado), hasta la ejecución de miembros importantes de la política y del poder judicial, En fin, estamos ante una película que bien puede decirse es el acercamiento a un vampiro político, que a sus noventa años acaba de declarar en una entrevista que “no creo haber cometido grandes errores en mi vida. No ha habido en mi vida curvas en U, a lo mejor porque soy algo perezoso y reflexiono antes de actuar"…

"Una familia de tantas" de Alejandro Galindo


El espacio social abordado en la película
Una familia de tantas
Juan José González Mejía

Existe un amplio consenso en el estudio de la antropología en considerar que el espacio geográfico, o si se quiere, el espacio objeto de la geografía, es un espacio social; es decir, un producto de la acción humana que se produce socialmente (debido a la interacción) y, como tal, también históricamente.

En toda época, el espacio social ha estado delimitado por la cultura del grupo social imperante. Así, la acción humana le ha rendido cuentas a eso llamado usos y costumbres, en razón por lo que puede decirse que el mismo desierto, la selva más recóndita y la tundra más gélida pueden ser convertidos (de hecho lo son) en sendos espacios sociales.

En el caso de México, y para fines del presente texto, podemos acotar que en la película de 1948 Una Familia de tantas, dirigida por Alejandro Galindo, puede apreciarse un espacio social específico: el de la familia clasemediera urbana.

Contextualizando al filme es importante señalar que en la época en que fue realizado, México era gobernado por el PRI y el presidente del país era Miguel Alemán cuya administración se caracterizó por la industrialización de México, así como por una disminución de las exportaciones y un aumento del déficit en la balanza de pagos.

Siempre se dijo que durante el sexenio alemanista el país alcanzó estabilidad económica y se vio fortalecida la clase media. Incluso, la paridad del peso frente al dólar, de 12.50, se prolongó durante tres sexenios. A esta situación se le dio en llamar milagro mexicano.

En tal espacio social germinó en nuestro país una sociedad capaz de adquirir bienes materiales y niveles de esparcimiento nunca antes vistos. La post guerra pintó al mundo en dos colores: los rojos bajo la influencia de la Unión Soviética, los azules bajo el rigor de los Estados Unidos de América.


México, quien toda la vida ha proclamado su neutralidad política de acuerdo a la doctrina diplomática Estrada, de la no intervención, en los años cuarenta tuvo en su relación internacional con los países del orbe un respetuoso intercambio cultural, comercial y político. Aunque llama la atención que el partido gobernante, el PRI, extendía de manera significativa sus tentáculos y redes de intereses sociales para instalarse como un eje de poder cuasi absoluto.

En este ámbito es que la sociedad mexicana de esos años tuvo bajo sus pies una línea claramente divisoria. De un lado podía verse amplios segmentos conservadores; por el otro, sectores digamos progresistas. El avance económico del país no necesariamente tendría que haber reflejado un paralelismo con el devenir social, sin embargo mucho de la inercia que como sociedad se veía está bien capturada por el personaje del vendedor (David Silva) del filme que nos ocupa al endilgarle una aspiradora moderna a la familia Cataño encabezada por el padre despótico (Fernando Soler) quien prácticamente decide qué hagan sus esposa y sus hijos.

Una Familia de tantas es un reflejo, mejor dicho es una mirada antropológica de la sociedad mexicana de aquella época en el sentido que, mediante la ficción recrea actitudes y prototipos de conductas y personajes representativos de los esquemas sociales del México de finales de la prime mitad del siglo veinte.

La figura del padre, el tlatoani per se de las familias de este país, es representado de forma estupenda por Fernando Soler otorgándole al personaje un aire de verdadero coraje por su manera de ser para con los suyos. Hasta la esposa tiene que “recibir” el permiso del marido para irle a dar las buenas noches a sus hijas a los aposentos. El hijo mayor, tenedor de libros (los que hoy es contador), está sujeto a la tutela emocional e intelectual del padre.




Sin embargo, el personaje toral del filme es el vendedor de aspiradoras el cual significa la modernidad que viene a confrontarse con una familia “empolvada” por las costumbres casi porfirianas (de hecho, hay un retrato de Porfirio Díaz en la sala de la casa de la familia Cataño).








Veamos el siguiente diálogo de una escena de la película:

Fernando.- Lo que parece escapar a sus atenciones, es que no apruebo la forma de exponer las aptitudes de este artefacto

David.- Perdóneme usted, señor Cataño, yo soy apenas un principiante, pero mi capacidad como vendedor no altera en nada las cualidades y ventajas que ofrece el uso de la “Ratio Homer” en el hogar.

Fernando.- No me refiero a eso, sino al hecho de que no me explico como a su edad puede conducirse en una casa así…

David.- Estamos educados para eso.

Fernando.- ¿Educados?

David.- Sí señor, para poder hacer una demostración práctica y sin engaños, su señora esposa y su hijita ya le abran explicado…

Fernando.- No hable usted de mi hija, se lo prohíbo

Podemos percibir que se refleja un espíritu de intransigencia por parte del señor Cataño en relación al “espíritu” de modernidad que reflejaba el joven vendedor de aspiradoras.

La metáfora es evidente: la renovación de la familia “porfiriana” en cuanto a la dialéctica del espacio social para poder incrustarse o, en el mejor de los casos, aceptar la irrupción de que el progreso (no sólo material sino también en el marco de las ideas) es inevitable.

La venta de la aspiradora puede permitirnos una hermenéutica más amplia, más expansiva en el significado del espacio social. Por un lado, es la ubicación impostergable de la sociedad mexicana de esos años en una directriz de vanguardia y de confort; por otro, puede ser vista dicha venta como el aviso antropológico de que las costumbres y hasta ciertas formas de pensar, rígidas, autoritarias por parte del padre de familia, están confrontadas con, digámoslo de esta manera, por la pujanza del aldeanismo en su vertiente de avance económico.

Prosiguiendo con el desglose del filme, es de llamar la atención que si bien el espacio social recreado es específico, la ciudad de México, son los rasgos y prototipos de los personajes de la época los que en verdad cuantifican los códigos de conducta autoritarios, injustos, de intolerancia del pater familia.

La familia es un producto social porque sólo existe a través de la existencia y reproducción de la sociedad. Este espacio tiene una doble dimensión: es a la vez material y representación mental, objeto físico y objeto mental. Es lo que se denomina espacio geográfico. Y la geografía que propone el director Alejandro Galindo en su filme es anfibia: mental y física en donde la familia es concepto que ocupa su volumen inamovible en la forma de ser y de pensar de ciertas personas.

¿Por qué se pensaba de manera conservadora en esos años? Aquí quizá hay que recalcar que toda sociedad está en tránsito, en contante cambio por lo que pudiese parecer sino inicuo sí inapropiado el medir con parámetros del siglo XXI a la sociedad mexicana de la post guerra de los cincuentas. Pero podemos reacomodar la pregunta así: ¿había justificación para pensar de esa manera?

El retrato que hace Alejandro Galindo en la película es la de una familia sobreviviente del porfiriato. Sin adentrarnos demasiado en los pormenores del periodo liderado por el indio de Oaxaca Porfirio Díaz, es preciso apuntar que la sociedad que atestiguó su mandato estuvo inmersa en la falta de crítica al gobierno y de autocrítica hacia el seno de la familia. Por decirlo frontalmente: mandaba el que tenía que mandar: el hombre, el jefe de familia, el proveedor.

Aunado a la cultura del cristianismo, mejor dicho: del catolicismo (esto desde la Colonia), la sociedad de esos años quedó embebida de protocolos particulares y al parecer perennes: el conservadurismo, el respeto al hombre (al padre), la obediencia a la autoridad pública, el culto a sus creencias religiosas (cuál otra: la católica), por lo que intentos “renovadores” como el personaje que vendía aspiradoras eran vistos como intromisiones y por lo tanto peligros para el statuo quo de esa familia de tantas.

El hombre a través de su existencia tiene como fin la felicidad. Buscarla es acaso el verdadero significado de toda una vida. Más pesado que el orgullo o las pasiones, resulta ser, y así lo dicen muchas biografía de la historia, es la manera de pensar porque en ésta va inmersa el bagaje cultural, lo que somos y hemos sido.

Como núcleo social tenemos el sentido de la pertenencia, de la necesidad de ser aceptados y asimismo poder establecer con nuestra cultura un diálogo con el espacio social que nos tocó vivir.

Si en estos momentos, de pronto y que valga como ejercicio intelectual meramente, despertáramos en el año 2900, ¿qué espacio social presenciaríamos? Nunca lo sabremos a ciencia cierta, pero lo que sí es seguro es que con nuestra cultura desde 2010 estableceríamos ese diálogo, es decir, tendríamos que someternos a la experiencia irrenunciable de la convivencia. Y esto último es, precisamente, el espíritu del filme Una Familia de tantas: la recreación de la convivencia de la sociedad del México de los cuarentas…

Quizás también le interese

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...